Resulta difícil tomar la palabra en esta cumbre mundial después del Presidente Lula, por el tremendo liderazgo que expele por todos sus poros y que nos convoca a muchos otros líderes en el mundo. Y es que sabemos que vivimos tiempos complejos que ponen a prueba nuestra capacidad de actuar colectivamente como líderes, como comunidad internacional, como humanidad. Lo que está en juego es quizás el desafío más importante para nuestra generación, que es sostener la vida en el planeta. Hace poco tuve la suerte, la alegría de ser padre. Mi hija tiene 4 meses de vida.
Y cuando la veo en esos cuatro inocentes meses, en esa mirada que está aprendiendo a sonreír y me pregunto qué mundo le vamos a dejar a esta nueva generación, no puedo evitar sentir a la vez una preocupación y un tremendo sentido de responsabilidad. Porque tal como ha dicho Lula, tal como dijo António Guterres, el momento es ahora. Y es que a una década de la adopción del Acuerdo de París tenemos que reconocer que, como humanidad, no hemos estado a la altura del desafío histórico que supone la crisis climática. Pero una de las gracias de aquella noche de 2015, que bien nos traían a la memoria con ese martillo con el que se zanjaron sus conclusiones, es que aún hay esperanza, es que somos capaces de ponernos de acuerdo. Por eso, lejos de la resignación, lejos del pesimismo, estamos aquí hoy más que para redoblar nuestros compromisos o para comprometer nuevas metas, para ser claros en cómo vamos a cumplir las metas que hasta hoy nos hemos dado.
Porque las consecuencias de no hacerlo son realmente catastróficas. Y permítanme ejemplificar con un punto que ha hecho patente la actual presidenta de la Asamblea de las Naciones Unidas. Si la temperatura sube en 2 grados, significa que más de 400 millones de personas van a tener inseguridad alimentaria. Si esto aumenta a 4 grados, 1.800 millones de personas van a padecer inseguridad alimentaria, o sea, hambre. Las consecuencias de no actuar, de no cumplir con nuestros propios compromisos, son la muerte de muchos, son el hambre de muchos, de personas de carne y hueso que deben conmovernos, que deben llamarnos a la acción.
¿Cuáles son las reflexiones que tenemos desde Chile? En primer lugar, es que para esto se requiere mucho liderazgo y un liderazgo que es complejo. Porque a quienes estamos en posiciones de poder, se nos juzga generalmente por lo que hacemos y las cosas que transformamos, pero muy pocas veces se puede evaluar lo que logramos que no suceda. En este caso, estamos dando una pelea existencial para evitar que suceda algo, que es el aumento de la temperatura en el planeta. Y eso no da réditos electorales, seguramente no consigue aplausos, pero es el liderazgo que más se requiere en estos momentos, ese liderazgo generoso, comprometido, que es capaz de cumplir con sus compromisos.
Desde ese punto de vista, en primer lugar, decimos que la ciencia y la evidencia científica deben seguir estando en el centro de nuestras decisiones. Fue la ciencia la que recomendó una instancia multilateral como esta COP. Y es la ciencia la que nos va guiando respecto a los caminos que tenemos que andar. Y eso es importante decirlo hoy día, aunque parezca obvio, porque son tiempos en que surgen voces que deciden ignorar o negar la evidencia científica sobre la crisis climática. Sin ir más lejos, el Presidente de los Estados Unidos, en la última Asamblea General de la ONU, dijo que la crisis climática no existe y eso es mentira.
Debemos ser capaces de reivindicar el valor de la ciencia y de los hechos, porque podremos tener discusiones legítimas sobre cómo enfrentar los hechos, pero no podemos negarlos, y en eso se requiere el liderazgo de la comunidad internacional. En segundo lugar, acogemos con entusiasmo y responsabilidad el llamado de Brasil a avanzar hacia una etapa de implementación. No más diagnóstico; implementación. Y les cuento humildemente que desde Chile lo estamos haciendo. Primero, somos uno de los 68 países que ha entregado dentro de los plazos comprometidos su NDC.
Además, hemos ido implementando diferentes políticas públicas que desde nuestra patria van cambiando también la calidad de vida de nuestros ciudadanos. Hace 10 años no teníamos ningún bus eléctrico y este año prácticamente el 60% de los buses que recorren nuestra capital son eléctricos. Santiago de Chile es la ciudad fuera de China con más buses eléctricos en el mundo y estamos expandiendo esto también a regiones. Asimismo, en 10 años el porcentaje de generación eléctrica vía energías renovables subió de un 5 a un 35% y la proporción de carbón bajó del 40 al 11%. Chile es un país que no es de los grandes emisores a nivel global, pero sabemos que también tenemos que cumplir nuestra parte y estamos avanzando en esa dirección.
Por eso los invitamos a sumarse a iniciativas que hoy promueve el Gobierno de Brasil con el liderazgo del compañero Lula da Silva como la Declaración de Belém sobre Hambre, Pobreza y Acción Climática centrada en las personas y el llamado a la Acción para una Gestión Integrada de Incendios a nivel global, un fenómeno que ha afectado de forma muy dura a nuestro territorio. Ahora, esta nueva etapa requiere también de más financiamiento. Y esta COP debe enviar señales políticas claras para que los países donantes, los grandes inversionistas y todos los actores de la arquitectura financiera internacional comprendan –y esto es importante– que no hay rentabilidad posible en un mundo que se sigue calentando. Las inversiones son a largo plazo y ese largo plazo va a dejar de existir si es que no tomamos acciones e implementación ahora. Más financiamiento climático hoy que no aumente la deuda de los países en desarrollo.
En tercer lugar, no podemos olvidar las consecuencias que el cambio climático tiene en las poblaciones más vulnerables, principalmente en las mujeres, en los pueblos indígenas y en las comunidades locales que han debido enfrentar cargas ambientales desproporcionadas en nombre del progreso. Por ello, desde Chile promovemos que en esta COP se apruebe el nuevo Plan de Acción de Género adoptado bajo la COP25 que insta a que nuestras políticas climáticas reconozcan que esta crisis afecta de forma diferente a mujeres y a niñas. Para terminar, los países en desarrollo que vivimos día a día esta desigualdad, señalamos que no basta con que esta transición sea acelerada, sino que también debe ser justa. Y los países que durante muchos años se beneficiaron de un desarrollo acelerado, contaminando de manera impune el planeta, hoy día tienen que ser más responsables que los otros. Esa transición justa se debe expresar en nuestras comunidades también para que el multilateralismo tenga sentido en nuestras bases, le haga sentido a quienes representamos.
El desafío de la descarbonización, como el nuestro del sur global, está unida a la búsqueda de un desarrollo económico que conduzca a una mejor calidad de vida, a las mujeres, mejores calidades de empleo, mayor equidad territorial y un entorno sano y seguro en el que vivir. Esto no es sólo una cuestión de justicia, es una forma de dar legitimidad a la acción, que es tan importante en especial para nuestras democracias. Señor Presidente: La COP30 en América Latina y el Caribe, en el corazón de la Amazonía, reserva de la humanidad, es una oportunidad para profundizar en nuestra misión con un llamado a la acción con compromisos medibles de cómo vamos a implementar las metas que, nosotros mismos, como humanidad nos hemos dado. Muchísimas gracias.