Muy buenas tardes a todos y todas. Gracias, Soledad. Gracias, María José. Muchas gracias Eloy, de verdad, por tus palabras que veo que practicaste. Muchas gracias a todos los niños y niñas que nos acompañan y a los trabajadores y trabajadoras de la Biblioteca Nacional que hacen posible este momento.
Sabemos que durante generaciones muchos chilenos y chilenas han llegado a este lugar, pero a través de este lugar me refiero también a todas las bibliotecas públicas del país que están a lo largo y ancho de todo nuestro territorio, buscando información para hacer alguna tarea, para alguna investigación, pero también un espacio para soñar, un espacio para viajar. La Biblioteca Nacional es, sin lugar a dudas, un orgullo para nuestro país. Esta casa que, como bien decía el cuento que nos acaban de leer de Manolo, parece un lugar palaciego, es un palacio que no discrimina. Es un palacio para todos y todas. Pero donde hasta hace poco había unos que estaban excluidos, que eran los niños.
A contrapelo de su propia historia porque, como bien me recordaba la directora de la Biblioteca, la sala para los niños y las niñas estaba en su idea original y se mantuvo hasta 1961. No sabemos por qué dejó de estar, pero hoy día en el 2026 la estamos recuperando. Anoche, antes de dormir, siempre con Paula, mi compañera, hacemos dormir a nuestros niños tratando de leerles algo. Violeta, por supuesto, todavía tiene un lenguaje propio, pero al Vale le estamos leyendo diferentes libros. Para los chunchos, le leímos hace poco uno de Walter Montillo, “Carlitos Cachaña” se llama.
Y ayer estaba leyendo uno de los que leía yo cuando chico, que son los de la colección “Elige Tu Propia Aventura”, que uno puede ir eligiendo no diferentes finales, sino diferentes desarrollos del libro. Y pensaba mientras le leía cuánto disfruté, siendo un niño magallánico, las lecturas para la infancia, desde antiguos clásicos como Monteiro Lobato o como Sandokán, que me pasó mi papá y que me permitió viajar a lugares totalmente desconocidos para un niño de Magallanes, como Malasia, por ejemplo. Y que hoy día estoy donando también a la Biblioteca Nacional estos libros de Sandokán con los que yo viajé cuando chico. Gracias a mi padre que también me leía el “Libro de las Preguntas” de Pablo Neruda o mi madre que me cantaba también canciones infantiles. La lectura, a mí personalmente, me ha permitido estar acá y les quiero transmitir a los niños y a las niñas que leer un libro es mucho más que una sopa de letra.
Es mucho más que la obligación que muchas veces hay en el colegio. Es una instancia para ampliar su imaginación. Imaginen ustedes, piensen ustedes, que nosotros imaginamos con el vocabulario. Nos cuesta mucho imaginar lo que no podemos nombrar. Y por eso la literatura, los libros, incluso las enciclopedias que uno podría decir que están pasadas de moda, pero que, en sus diferentes versiones, incluso las modernas, siguen teniendo un mar de conocimiento, son espacios para que nuestro interior sea más grande.
No importa el tamaño que ustedes tengan, no importa la plata que haya en sus bolsillos, no importa al liceo o la escuela donde vayan: los libros tienen la gracia de que son democráticos, las bibliotecas democratizan los libros. Y por eso que hay un espacio acá para que todo el mar de conocimiento, que es infinito, que ha generado la especie humana, hoy día puede estar también a su disposición. Hoy día vivimos en un mundo ultra tecnologizado y es muy común ver a los adultos, pero cada vez más también a los niños pegados en pantallas. Yo los invito a salir de las pantallas, a salir del scroll de los videos de 10 segundos, 15 segundos, 30 segundos. Y a darse el tiempo de viajar con un libro.
Más aún si es en una biblioteca, donde se genera el ambiente respetuoso para poder leer, pero también para poder conocer. Cuando uno ve a otra persona que está leyendo, inmediatamente también se genera un interés. Y acá les aseguro que van a haber muchas conversaciones. De acá van a salir grandes amigos, quizás también grandes amores. Una de las cosas que me preocupa y las que me gustaría investigar, trabajar, preguntarme más adelante es la relación entre las nuevas tecnologías y el aprendizaje.
Y hace mucho tiempo que se viene declarando el fin de los libros. Algunos seguramente pueden leer en Kindle o en otros nuevos artefactos tecnológicos, pero yo les aseguro que los libros, que la palabra escrita, que el darse el tiempo para poder leer nunca va a desaparecer. Hay un momento en que –lo cuenta muy bien Irene Vallejo en su hermoso libro “El Universo en un Junco” – en que la palabra, la oralidad pasó al papel y eso ha permitido que acumulemos una cantidad de información, pero que también podamos transmitir, y esto es importante porque cuando leemos no solamente aprendemos, sino que tenemos la posibilidad nosotros de expresar nuestros propios sentimientos. A quien lee lo invito también a escribir, a darse un tiempito para poder verbalizar y, después, poner en un papel qué es lo que está sintiendo. Es, les aseguro, una experiencia que después cuando recorran sus papeles de la infancia, de la adolescencia, lo van a agradecer, porque todos nosotros estamos cambiando permanentemente y dejar una huella de eso, en los libros, como lo han hecho todos estos autores, es realmente precioso.
Por eso, desde el Gobierno hemos impulsado una política vinculada a la lectura, por ejemplo, el proceso de habilitación de 44 guaguatecas a lo largo del país, de las cuales ya hemos inaugurado 17 y que van a permitir alcanzar, desde los primeros meses a los bebés y a los niños, el fantástico mundo de la literatura. Muchas gracias, Caro, por eso. Muchas gracias, Vero, nuestra subsecretaria. Muchas gracias, ministra, por esa pega, muchas gracias también, Javiera, por impulsar estas políticas. Hemos instalado las primeras piedras de bibliotecas regionales en Magallanes y en Los Lagos, hemos aumentado el presupuesto destinado al Programa de Mejoramiento Integral de las Bibliotecas y también una de las preocupaciones que después de la pandemia costaba mucho, costó mucho volver a abrir.
Y, de hecho, ahora estamos peleando para poder abrir la puerta de Moneda, ¿cierto, Caro? ¿Vamos a lograrlo? Para que la puerta de Moneda de la Biblioteca Nacional también pueda estar abierta. Cuando hay una biblioteca se abren muchísimas posibilidades de conocimiento, de entretenimiento y, también, de soñar. Uno de los problemas que tiene la educación decimonónica es que, en vez de enseñarles o darles la oportunidad a los niños de soñar, les va cortando las alas y los va encuadrando.
Los libros son un escape a ese encuadre. Los libros son una manera de tener un universo mucho más amplio. Estos días esta biblioteca comienza con una marcha blanca, pero ya tenemos niños y niñas disfrutando ahí. Qué alegría más grande saber que ahí no me están escuchando a mí, sino que están leyendo un libro. Creo que eso es una señal muy clara de que esto funciona y que aquí hay un mar de emociones, de conocimiento, de sueños que los niños y las niñas van a poder desarrollar y con eso no me cabe ninguna duda que también estamos construyendo un mejor país.
Por eso, a nuestra Biblioteca Nacional, a todos los trabajadores y trabajadoras de la Biblioteca Nacional y, sobre todo, a los niños y niñas de nuestra patria, muchas gracias por darnos esperanza. Un abrazo grande.