Muy buenos días a todas y todos los presentes. Agradezco muchísimo las palabras de nuestro canciller, Alberto van Klaveren, y a propósito de ello quiero agradecer al equipo que me ha acompañado durante de estos 4 años en la Cancillería. Recuerdo a Antonia Urrejola, como ex canciller, a Ximena Fuentes y a José Miguel Ahumada, como ex subsecretarios. Hoy día a Claudia Sanhueza, nuestra subsecretaria de Relaciones Económicas Internacionales; a Gloria de la Fuente, nuestra subsecretaria de Relaciones Exteriores; y Alberto van Klaveren, nuestro canciller, quienes ustedes tres han constituido un tremendo equipo. Me centro hoy día en Alberto, cuya experiencia ha sido fundamental para poder llevar adelante la política exterior de Estado de Chile en estos tiempos tan turbulentos.
Su consejo, su capacidad de ponderar los diferentes elementos en momentos tensos han sido para mí una guía, y realmente valoro profundamente que haya estado dispuesto a colaborar y a liderar la Cancillería. Aprovecho, también, de saludar a todos quienes trabajan en Cancillería. Cancillería es un mundo en sí mismo y tiene todo lo que eso implica. Pero de lo que podemos estar orgullosos es que la Cancillería Chilena es una institución tremenda, tremendamente profesional. Siempre en América Latina –y me imagino que en otros lugares del mundo– se habla de Itamaraty, como una suerte de ejemplo.
Yo estoy seguro que nuestra Cancillería está a la altura y que todos sus funcionarios, sus funcionarias, sus trabajadores de carrera tienen un profesionalismo, pero sobre todo un compromiso con Chile que es irreductible y eso yo se los agradezco profundamente. Quisiera, en esta parte de agradecimientos, también mencionar a Carolina Valdivia, que fue subsecretaria del expresidente Piñera –que falleció a los tempranos 46 años– que fue fundamental en el diferendo que tuvimos con Bolivia a propósito del Río Silala, que estuvimos con ella cuando se dio la resolución y, a través del recuerdo de Carolina, también a todos los participantes y a todos quienes fueron parte –acá nos acompaña Issa Kort– de administraciones anteriores en la Cancillería porque, como decíamos desde un comienzo, esto es una política de Estado y siempre aprendemos y damos continuidad a lo que hicieron quienes estuvieron antes de nosotros. Dicho esto, estamos hablando de certezas en tiempo de transición. Es bonito ver a la cordillera de fondo porque la cordillera es este monumento natural que nos da certidumbre de estar en Chile. Cuando uno llega a Chile, lo primero que hace es buscar la cordillera para saber que estamos acá.
Chile está acá y me parece un título muy preciso para dar cuenta de lo que Chile ha buscado y ofrecido en el contexto internacional no sólo durante mi mandato, sino durante todas las últimas décadas. Porque han sido siempre tiempos desafiantes. En los últimos 36 años, el expresidente Aylwin asumió el primer gobierno de la democracia, sólo 4 meses después de la caída del Muro de Berlín. El expresidente Aylwin tuvo la tremenda labor que no era obvia, no era fácil y que la desarrolló con gran, gran dignidad y con gran eficacia también junto a su canciller de la época, de reinsertar a Chile en el mundo. Chile estaba aislado durante la época de la dictadura, totalmente aislado del mundo y el expresidente Aylwin tuvo esa tarea y la cumplió con creces y con éxito.
Durante los primeros años 90, el orden nacido de la Segunda Guerra Mundial se vio sometido a fuertes tensiones y fuimos testigos de la disolución de la Unión Soviética, de las guerras de la ex Yugoslavia, el conflicto del Golfo, el brutal genocidio de los Tutsi en Ruanda. Y en medio de todas esas turbulencias, el expresidente Frei tuvo la lucidez de no solamente ya reincorporar a Chile en el escenario internacional, sino de diversificar nuestras relaciones comerciales e insertar a Chile en el mundo desde una perspectiva, la cual hoy día agradecemos. Yo siempre recuerdo –era niño en esa época– la revista Topaze, donde mostraban al expresidente Frei, lo vinculaban a un avión y decían que el expresidente Frei viajaba mucho. Y se decía, de manera como si fuera una crítica. Hoy día agradecemos esos viajes del expresidente Frei, porque fueron tremendamente importantes para Chile.
Luego vino el atentado contra las Torres Gemelas, la invasión a Afganistán y ahí estaba el expresidente Lagos quien, mientras lograba consolidar lo sembrado, lograba cosechar lo sembrado por el expresidente Frei en materia económica internacional con los TLC, a la vez defendía de una manera impecable la dignidad de Chile al decir no a la guerra en Irak, siendo parte Chile del Consejo de Seguridad de la ONU. En el mismo momento en que se estaba negociando el TLC con Estados Unidos, en el mismo momento. La crisis subprime, los diferentes movimientos sociales, la Primavera Árabe, la pandemia global del COVID-19, tantas cosas que les tocaron vivir en sus dos periodos a la expresidenta Bachelet y el expresidente Piñera. Pienso en la expresidenta Bachelet, quien también tomando algo que ya había empezado a advertir el expresidente Lagos, tomó como bandera la lucha contra la crisis climática. Hoy día Chile es uno de los países pioneros, por ejemplo, en la protección de los océanos.
Y ahí la expresidenta Bachelet fue fundamental, fundamental. Hasta el día de hoy aquello se reconoce. El expresidente Piñera tuvo que lidiar con nada más ni nada menos que la pandemia, que requería una coordinación global. Eso se hizo a la altura de las circunstancias y permitió que, en Chile, dentro de la crisis que significa y todas las pérdidas que tuvimos como todos los países del mundo, lográramos manejar justamente de buena manera o de la mejor manera posible aquella crisis. Pero, además, noten ustedes que el expresidente Piñera fue el presidente que reconoció a Palestina como un Estado soberano y abrió una sede diplomática de Chile en Palestina, el año 2011.
Y tanto la expresidenta Bachelet como el expresidente Piñera debieron lidiar ambos con sendos diferendos jurídicos que requirieron lo mejor de nuestra Cancillería, de nuestros abogados, de la unidad nacional, tanto con Perú como con Bolivia, teniendo resultados –desde mi perspectiva al menos– exitosos que privilegiaron siempre la paz como método de resolución de conflictos. Entonces, menciono todo esto que no estaba en un comienzo en mi discurso porque da cuenta de que la política internacional debe tener una continuidad, y quienes tenemos el honor de ejercerla por el tiempo que dura nuestro mandato debemos tener en cuenta, respetar y aprender de lo que se ha hecho antes. Creo, y esto quedará a juicio de la historia, que hemos cumplido con ese mandato. Navegar en un clima de transición e incertidumbre parece ser el signo de los tiempos. Pero, aunque todo lo que pensamos sólido hoy día parezca desvanecerse en el aire, desde Chile decimos con tranquilidad que hay un principio que no admite fluctuaciones.
Nuestras decisiones de política exterior y de política comercial las tomamos con mirada de Estado. Y eso tiene diferentes órdenes. Hay órdenes en materia de negociaciones, en la relación con el mundo privado, en el trato con los diferentes líderes del mundo, en nuestra participación en organismos multilaterales, pero también en cuestiones tan simbólicas que permítanme detenerme en una de ellas. En enero, si mal no recuerdo, del año 2024 asumió en Argentina el presidente Javier Milei. Y se generó un debate en Chile si es que acaso yo iba a ir o no iba a ir al cambio de mando de Argentina.
Esto se debatía a propósito de las evidentes diferencias políticas que tenemos con el presidente Milei. Sin embargo, yo no tuve ninguna duda, el canciller, por supuesto, tampoco. Porque si algo tenemos claro es que nosotros, quienes ocupamos hoy día estos lugares, somos aves de paso. Lo dijimos explícitamente, los presidentes pasan, las instituciones y los pueblos quedan. Y ahí estuvimos como corresponde en el cambio de mando a Argentina, dando cuenta en ese pequeño gesto del carácter de la política de Estado internacional de Chile.
Siempre somos respetuosos de la ley y del derecho internacional y pensamos en el bien de nuestra patria y de su gente. Dicho esto, quisiera situarnos en el ciclo que nos convoca y una pregunta que resulta inevitable, ¿qué mundo es el cual en que nos tocó gobernar? Comprender el tiempo histórico es parte de la responsabilidad política, porque gobernar no es sólo ejecutar. Gobernar es saber leer el entorno en el que las políticas se adoptan. Ya lo decía el canciller, que logra sintetizarlo de manera muy clara, política pragmática en base a principios.
La política siempre es situada. ¿Y dónde nos situamos hoy día? Quizás más allá de las contingencias y las disputas, el lugar donde estamos en el mundo y que representa la crisis más importante que está viviendo nuestra generación no tiene que ver con guerras, con pandemia, con diferencias entre líderes. Tiene que ver con qué es lo que hemos hecho y qué es lo que estamos haciendo con nuestro planeta, la crisis climática. Chile en esto ha sido profundamente responsable porque somos un país mediano.
Y transmito, ya no hay que decir que somos un país pequeño. Somos un país mediano en el concierto internacional. Colaboramos, afortunadamente, muy poco con las emisiones de carbono que contribuyen a la crisis climática. Sin embargo, somos de los países que cumplimos con nuestros compromisos adoptados en la Cumbre de París. Por ejemplo, la realización del inventario que se realiza en el Ministerio de Medio Ambiente todos los años, el cumplimiento de las políticas de mitigación, el compromiso de ser un país carbono neutral de aquí al 2050, todo el proceso de transición energética, la incorporación de energías renovables no convencionales es también parte de nuestra política internacional, porque sabemos que vivimos en este mundo y tenemos que cuidar este mundo y a veces eso pareciera olvidársenos.
Ese es un elemento central del mundo en que vivimos. De hecho, uno de los primeros tratados que ratificó nuestro Gobierno fue el Acuerdo de Escazú, a los meses de haber asumido. Ahora, sabemos que estamos viviendo un interregno que pareciera –y es paradójico por la palabra– no ser pasajero sino estructural. Es una transición profunda del sistema internacional. Las reglas que organizan el mundo desde el fin de la Guerra Fría ya no coinciden con la distribución real del poder en el mundo.
Tal como en su momento fue la Paz de Westfalia, la que determinó cómo en Occidente serían las relaciones internacionales, la Segunda Guerra Mundial determinó un marco de normas y reglas relativamente coherente que convivió paralelamente con una hegemonía, la de Estados Unidos, que era capaz de sostener este orden mediante la provisión al resto del mundo de una relativa estabilidad financiera, respeto general a los acuerdos con excepciones, por ejemplo, el de la guerra en Irak, con participación activa en organizaciones multilaterales y con una contribución muy significativa a su financiamiento. Hoy, tal como lo decía de manera muy lúcida el primer ministro de Canadá, Mark Carney, ese compromiso se rompió y no debemos sólo llorar sobre la leche derramada, sino asumir que ese compromiso ya no existe. Porque la potencia que garantizaba estos bienes ha reducido su disposición a asumir ese rol de manera universal y predecible, mientras de manera paralela otras potencias han acumulado capacidades económicas, tecnológicas y militares, sin tampoco aceptar plenamente las reglas heredadas. Este desajuste provoca fricción, provoca competencia, provoca desconcierto, provoca incertidumbre. Por ello, la creciente y evidente parálisis del Consejo de Seguridad de la ONU frente a conflictos mayores no es sólo un problema de diseño institucional, también lo es, pero no es sólo eso, sino que es el reflejo visible de una redistribución de poder que ya no logra traducirse en consensos.
Consensos que creíamos perennes, hoy día son frágiles. Pero si ponemos atención a los detalles, veremos que no estamos ante el colapso del orden, sino ante su renegociación forzada y esa renegociación probablemente se extenderá por décadas. Porque el poder no deja de existir, se llena de diferentes formas y la pregunta es cómo se está llenando hoy día. Por eso, es importante saber situar a Chile en este complejo devenir y ese saber comienza geográfica y estratégicamente en nuestro vecindario. Chile es orgullosamente latinoamericano y en América del Sur, en primer lugar, en América Latina, con El Caribe, nuestra política exterior no es que se despliegue primero en el mundo y después de manera residual piensa en la región.
Lo hace paralelamente en nuestro barrio, en el continente, en el sur global y el sistema internacional en su conjunto. Ustedes vieron que hace unos meses fui, por ejemplo, al cambio de mando en Bolivia, cosa que podría haber parecido difícil en otros momentos. Sólo ayer hablaba por teléfono por diferentes temas con el presidente Rodrigo Paz. Estamos insertos en nuestra región y tenemos que tener relaciones. Miren ustedes cuando hubo incendios en la Patagonia Argentina, Chile salió a prestar ayuda.
Cuando tuvimos nuestros incendios, Argentina vino a prestarnos ayuda. Ahí las diferencias políticas quedan de lado, porque somos un solo continente, una sola región. Lo que ocurre en Perú, en Brasil, en Argentina o en Bolivia no es un dato periférico. Es parte constitutiva de nuestro propio horizonte estratégico. Chile es un país global, pero es antes que nada un país sudamericano y estratégicamente es desde ahí que tenemos que situar nuestra reflexión.
Al mismo tiempo, debemos comprender la naturaleza del poder en el mundo de hoy, porque el poder ha dejado de ser lineal y no es ya exclusivamente territorial. La supremacía militar no garantiza necesariamente liderazgo tecnológico. La fortaleza industrial no implica hegemonía financiera. La influencia digital no asegura legitimidad política. Vivimos en un mundo donde diversas capas de poder se van superponiendo unas a otras.
Se intersectan, energía, datos, comercio, tecnología, seguridad, respeto se van entrelazando. La política internacional, entonces, ya no es un tablero en que las piezas se mueven de manera predecible, sino que se ha transformado en una compleja red de interdependencias. Para un país medio y abierto como es Chile, esto exige una mirada muy sofisticada. No basta con medir el tamaño de nuestra economía o el poder militar. Debemos observar las dependencias tecnológicas, las vulnerabilidades energéticas, el control de recursos críticos y la resiliencia institucional para aprovechar al máximo los espacios donde podemos participar con voz, recursos, influencia y reconocimiento.
Cada uno tiene diferentes visiones y en cada país se expresa de diferente manera. No se trata de hacer un juicio, eso corresponderá en otros espacios, pero miren ustedes la situación política en el Perú, por ejemplo, a propósito de la sucesión de presidentes que han tenido en los últimos años. Chile no es una potencia militar, no es tampoco un centro financiero global. Nuestra economía es dinámica y es abierta, pero no determina por sí sola el curso del comercio regional o mundial. Pero no por ello somos irrelevantes.
En casi todos los índices comparativos globales, Producto Interno Bruto, población, territorio, comercio exterior, desarrollo humano, Chile se ubica en la categoría de país mediano y no pequeño. Somos una economía integrada, un proveedor estratégico de minerales críticos, una democracia estable en una región compleja y un actor con vocación multilateral reconocida. Y es precisamente por esa condición intermedia que nuestra influencia no proviene de la imposición, sino de la articulación. Para Chile, esa búsqueda permanente de un lugar en el mundo se traduce en la capacidad de avanzar en tres ejes estratégicos. Uno, fortalecer nuestra autonomía integrando valor en nuestra economía.
Dos, crear coaliciones diversas y moldeables. Y tres, mantener nuestra reputación de país estable, confiable y coherente con sus principios. En estos años de Gobierno hemos fortalecido vínculos con India, con quienes estamos cerca, espero, en una negociación difícil, pero avanzando de llegar a un Tratado de Libre Comercio. Firmamos la modernización del Acuerdo con la Unión Europea, fortaleciendo nuestra capacidad de absorber tecnología, al tiempo que damos acceso a minerales críticos. Noten ustedes que mientras el Mercosur, en buena hora, firmaba finalmente después de mucho empuje el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, nosotros firmábamos el AMA que viene a ser la actualización del tratado que firmamos hace 20 años con la Unión Europea y donde incluíamos, por ejemplo, en el aspecto de minerales críticos que el intercambio de minerales críticos debía ser con el compromiso de otorgarle un valor agregado a la producción en Chile.
Y lo conversamos directamente con Ursula von der Leyen, en una de las cumbres en la que nos encontramos. Participamos del Belt and Road Initiative liderado por China. También en el Salón Oval de la Casa Blanca participamos de la Alianza para la Prosperidad Económica en Las Américas. Participamos y fuimos invitados a la 19° reunión del G20 y a la 17° reunión del BRICS. Hemos mantenido una relación sobria y estable con Estados Unidos, especialmente durante los 3 años que nos tocó compartir con la administración Biden.
E incluso durante la administración del Presidente Trump, nuestra Cancillería negoció profesionalmente para no ser mayormente afectada por la nueva política arancelaria, en especial respecto de nuestros principales productos de exportación. Impulsamos el desarrollo de capacidades propias para contribuir a la transición energética en el mundo y fortalecer nuestras industrias, mediante iniciativas como la Estrategia Nacional del Litio, la Estrategia Nacional de Hidrógeno Verde y el Plan Naval de Construcción Continua. Hemos invertido en ciencia, cooperación tecnológica internacional con muchos países, pero en particular menciono el ingreso de Chile al CERN, el principal laboratorio de física de partículas del mundo. Así, estimadas y estimados, avanzamos en autonomía que no es neutralidad ideológica, si no el poder de tomar decisiones con plena independencia de presiones externas, ya sean Estados o empresas quienes quieran tomar decisiones por nosotros. Implica diversificar socios comerciales, reducir vulnerabilidades, mantener estabilidad institucional y desarrollar capacidades tecnológicas propias.
Permítanme también referirme brevemente a la coyuntura actual. Porque en este escenario reapareció hacia fines del año 2025 en la estrategia de seguridad de Estados Unidos, una referencia explícita a la Doctrina Monroe, aquella idea del siglo XIX, según la cual el hemisferio occidental y en particular el continente americano constituía una esfera de influencia preferente de los Estados Unidos. Como han señalado incluso en comunicados oficiales, algunos altos responsables del Gobierno de Estados Unidos, el “backyard”. En su versión contemporánea se le ha venido a llamar la Doctrina Donroe, por el adendo que ha hecho el actual presidente. Supone en particular que América Latina debe alinearse con los criterios de seguridad nacional y de desarrollo que determine Washington y limitar los vínculos considerados incómodos o competitivos, so pena de castigos o consecuencias para los pueblos o gobernantes electos que no sigan este camino.
En la práctica, esta lógica está ya traduciéndose en varios países de América Latina en que la cooperación económica, tecnológica o de seguridad con Estados Unidos quede condicionada a una posición subordinada a esta mirada del mundo. Ello puede expresarse en incentivos comerciales, sujetos a cooperación política, en presiones para adoptar plataformas o estándares tecnológicos definidos unilateralmente o en expectativas de apoyo en materia de seguridad condicionadas a determinadas prioridades geopolíticas. Las consecuencias de esto se han visto manifestadas en Chile en los últimos días con las sanciones impuestas a funcionarios de nuestro Gobierno por el sólo hecho de dar trámite a un proyecto de inversión, revisando si este cumple o no con los estándares exigidos por la ley chilena. Esto –como es obvio– tiene también implicancias para Chile y para el resto de los países de la región, ya que estas dinámicas reducen el espacio autónomo de los países medianos para desarrollarse y diversificar relaciones con actores extra-regionales, especialmente con países como China. Ahora, esto no es propio exclusivamente de Estados Unidos hacia América.
Veamos lo que ha hecho, por ejemplo, o lo que ha intentado hacer durante mucho tiempo Rusia con los países de Europa del Este, a propósito de la voluntad soberana de los países de ingresar o no ingresar a la OTAN. Es exactamente la misma lógica. Y es una lógica que, por lo menos –desde mi perspectiva– como Jefe de Estado, no podemos aceptar. Nuestro país reconoce y respeta la relevancia histórica de Estados Unidos en la región, con sus aspectos críticos, por cierto, como su intervención en el golpe de Estado de 1973. Pero al día de hoy Chile y yo como Presidente de la República, pero como Jefe de Estado –y no me cabe ninguna duda que esto es compartido o espero sea compartido por la mayoría de los sectores políticos– valoramos tener una relación sólida y respetuosa con los Estados Unidos de América.
Sin embargo, tenemos que asumir pragmáticamente que va a existir una mayor presión de alineamiento bajo prioridades específicas estadounidenses, mientras la influencia de otros actores globales en América Latina seguirá siendo una realidad estructural. La tarea de Chile no es sencillamente negar esa tensión, sino gestionarla en función del mejor interés de nuestra patria, posicionarse como un interlocutor autónomo, articular principios y trabajo concreto en la región, defender nuestra autonomía estratégica y sostener una inserción abierta sin renunciar ni a la relación con Estados Unidos ni a la diversificación estratégica con otros socios como China, la Unión Europea o India. Frente a cualquier lógica de primacía unilateral, la respuesta más eficaz es la coordinación regional funcional. Ejemplo de ello es trabajar por una América del Sur más integrada en infraestructura, tecnología, energía y gestión de riesgos, lo que actúa como un amortiguador estratégico. La coordinación reduce simetrías, genera economías de escala, amplía márgenes de maniobra y fortalece nuestra capacidad de decisión colectiva.
Porque fortalecer la autonomía de Chile es ampliar nuestras opciones, no limitarlas. No se trata de retirarse del mundo ni actuar en soledad. En un sistema fragmentado, una segunda línea de acción estratégica para los países medianos debe ser el desarrollo de capacidades para construir arquitecturas flexibles de cooperación, coaliciones que se articulen en función de desafíos concretos, seguridad humana, transición energética, regulación tecnológica, mediación en conflictos, integración regional. Estas coaliciones no suponen alineamientos permanentes ni bloques rígidos, ni tener necesariamente que compartir cada una de las políticas de los socios que tengamos en estas coaliciones. Tampoco reemplazan el sistema multilateral sobre el cual Chile sigue profundamente comprometido, sino que lo complementa.
Permite avanzar cuando el consenso universal es difícil y, al mismo tiempo, pueden transformarse en plataformas de estabilidad en un entorno incierto. Pienso, por ejemplo, en la Alianza del Pacífico, en el CPTPP, en el Consenso de Brasilia, entre tantas otras instancias que revierten estas características. Naciones Unidas sigue siendo el único espacio universal y su debilidad actual no lo hace prescindible. Es urgente reformarla y fortalecerla, con el liderazgo de figuras respaldadas que tengan trayectoria y experiencia. Por eso hemos decidido no ahora, no ayer, sino en septiembre del 2025 –y esto quiero dejarlo muy claro ante ciertas polémicas que ha habido últimamente: septiembre del 2025– antes de la elección presidencial en Chile, el presentar la candidatura de la expresidenta Bachelet como Secretaria General de las Naciones Unidas.
Que creo debiera ser un motivo de orgullo para todo Chile. Más aún, lo hemos hecho en conjunto con las dos principales potencias de nuestra región, México y Brasil. Conversábamos con Lula hace poco cómo seguíamos adelante con esta campaña y nos contaba del esfuerzo que había hecho por también presentar la candidatura de la expresidenta Bachelet al presidente de Corea del Sur. Ustedes lo vieron también hace poco. Esta es y debe ser una candidatura de Estado que enorgullezca a todos los chilenos y chilenas.
Así como ocurre con la ONU, la respuesta de los países medianos y pequeños ante la amenaza que se cierne sobre organismos con representación global como la Organización Mundial de Comercio o la Organización Mundial de la Salud o el PNUD, la CEPAL, no debe ser el repliegue o la proliferación de foros alternativos e iniciativas alzadas unilateralmente sólo con quienes piensan como uno. Defender, fortalecer y modernizar las instituciones existentes en el contexto actual es una estrategia de estabilidad y de preservación del Estado de Derecho Internacional. De ahí, la importancia del sur global para la conformación de estas coaliciones. India, por ejemplo, es un actor central en tecnología e industria y nuestra visita a India tuvo resultados muy positivos para el país. Brasil incide en la agenda climática y regional, por eso fueron los últimos organizadores de la COP.
Emiratos Árabes Unidos median en conflictos globales y también son socios de Chile, estuvimos allí. Sudáfrica articula posiciones multilaterales y defensa de la dignidad humana, como lo han hecho en el caso del genocidio palestino, al cual la coordinación de Sudáfrica también adherimos en Naciones Unidas. Perú también es relevante en minerales y tiene una fuerte proyección cultural y de patrimonio histórico. Y es que si el sur global quiere convertirse en un proyecto político con incidencia real no puede aspirar a reemplazar una hegemonía por otra. Debe buscar interdependencias que sean más equilibradas.
No enemigos, no adversarios, sino colaboradores, sí al final el mundo es uno solo. Eso se expresa en un comercio diversificado y no excluyente, en inversión en desarrollo tecnológico, en defensa consistente del derecho internacional, en transición energética con reglas claras y equitativas, en formar más coaliciones y espacios de coordinación entre actores del sur global. Eso no es un gesto identitario. Es una estrategia de estabilidad. En esa lógica, América del Sur ocupa un lugar –desde nuestra perspectiva– prioritario.
En un contexto internacional fragmentado, nuestra región tiene la oportunidad de construir coaliciones en áreas concretas, integración física como el Corredor Bioceánico el cual hemos avanzado decididamente con Paraguay, con Brasil, con Argentina, con las regiones del norte de nuestro país. La cooperación digital e interoperabilidad tecnológica, como la que hemos logrado con LATAM-GPT, que lanzamos orgullosamente hace un par de semanas aquí, en nuestra patria. Coordinación frente a incendios forestales y desastres naturales. Con qué alegría veíamos a los voluntarios llegar de México, de Argentina, incluso de Canadá cuando necesitábamos su ayuda. Transición energética y protección de infraestructuras críticas.
Política Antártica. Chile es un país antártico y no es ya sólo la puerta de entrada, como tradicionalmente se dice, porque la Antártica está aquí. En Puerto Williams, la ciudad más austral del mundo, tenemos un Centro Subantártico de excelencia que está investigando y generando conocimiento. Hemos construido en Chile, nuestra Armada en ASMAR, el primer rompehielos de Sudamérica, el rompehielos Viel, que cumplió su primera jornada de investigación en la Antártica, durante estos meses. Hemos fortalecido nuestras bases, ahora el MOP está remodelando la pista de aterrizaje en Teniente Marsh.
Fuimos con el Secretario General de la ONU, previo a la penúltima COP a la Antártica, para desde la Antártica dar un mensaje al mundo. Y, en conjunto con la FACH, llegamos al Polo Sur, al único lugar en el mundo desde el que todo, en cualquier dirección, es el norte. Por último, como tercer elemento, quiero referirme a la reputación internacional que nuestro país ha construido, desde el retorno a la democracia, gracias a quienes nos antecedieron. Y por eso era importante mencionar a los expresidentes Aylwin, Frei, Lagos, Bachelet y Piñera –en sus dos periodos– y a todos quienes los acompañaron en la Cancillería y en su trabajo. La coherencia en acciones, credibilidad de lo que decimos y la previsibilidad se transforman en activos estratégicos para seguir siendo un país con reputación y, por tanto, respetados.
Eso me ha tocado verlo y se los digo genuinamente, en cada uno de los foros a los que he asistido internacionalmente. Chile ha sostenido su reputación defendiendo siempre el derecho internacional, manteniendo posturas claras en la defensa de los derechos humanos, relacionándose con sobriedad, colaboración y dignidad con todas las grandes potencias y diversificando vínculos sin rupturas abruptas. Permítanme traer era el caso de tres de las grandes crisis que nos ha tocado enfrentar durante nuestro mandato y cuál ha sido la posición que hemos tenido como Estado respecto de ella. Venezuela, la tragedia venezolana que ha vivido el éxodo más grande después de Siria. Después de Siria, que tuvo una guerra de más de una década.
Más de 8 millones venezolanos migrando por todo el continente producto de una dictadura cruel. Ahí había siempre quienes nos conminaban a bajar el tono o que nos pedían que no seamos tan enfáticos, “porque se supone que defienden algunas banderas que nosotros también”. No, señores. Respecto al respeto a los derechos humanos, Chile tiene un solo estándar. Por lo tanto, no importa si es en El Salvador, si es en Venezuela o si es en Nicaragua.
Nuestra condena a las violaciones a los derechos humanos es siempre la misma, independiente del color de quién sea el perpetrador. En Ucrania, cuando hoy día, hace poco, se cumplieron 4 años de la agresión de Rusia a Ucrania. Algunos nos llamaban a actuar con pragmatismo, “¿para qué nos vamos a meter en este conflicto que está tan lejos?” “No, lo que pasa es que Zelenski es tal por cual o tiene tales ideas”. “No, es que son los herederos de la Unión Soviética”. Nada de eso influyó en nuestra decisión de condenar sin matices la violación de la integridad territorial de un país por otro, de exigir el respeto al derecho internacional, porque finalmente eso es lo que también nos protege a un país mediano como el nuestro.
Chile condena la agresión e invasión de Rusia a Ucrania. Y la masacre en Gaza. Hay también quienes nos decían que había que optar por uno u otro bando. Que la legítima defensa era o lo que estaba sucediendo en Gaza era consecuencia inevitable de las acciones terroristas de Hamas. Nosotros dijimos en la ONU no estamos disponibles a elegir entre barbaries.
Condenamos el terrorismo de Hamas, exigimos la liberación de los rehenes y condenamos el genocidio que está llevando adelante el gobierno de Israel en Gaza, que no ha terminado y que hemos visto cómo en Cisjordania hoy día se sigue desplazando y ocupando territorio. Mantuvimos una posición firme, pese a presión desde uno y otro lado, que no era suficiente, que era demasiado. Pero, ¿saben? Yo tenía la tranquilidad de que como hemos actuado con un solo estándar en los diferentes conflictos que nos ha tocado enfrentar en materia internacional, teníamos la legitimidad para sostener nuestra posición. De que no vamos a aceptar nunca bajo ninguna circunstancia la masacre de un pueblo, el asesinato de niños, de mujeres, de hombres inocentes.
Sea quien sea quien lo perpetre. Cuando sanciones, presiones económicas o restricciones tecnológicas reemplazan a la negociación, el sistema se fragmenta. También, permítanme citar al primer ministro canadiense cuando decía que cuando una potencia lleva a cada país a negociar uno a uno, evidentemente la gran potencia siempre va a salir beneficiada. Esto es como la negociación colectiva. Si al final del día el empleador en su condición de poder le exige a un trabajador, es diferente que si conversa con el sindicato.
Por eso es importante unirnos. No solamente ante la potencia de turno, sino unirnos en general y tener reglas claras. Respetar el derecho internacional, si el derecho internacional no es una entelequia. Tiene que hacerse valer. La obediencia forzada genera resistencia y los países buscan alternativas, crean mecanismos paralelos y diversifican vínculos.
Pero somos realistas y sabemos que la coerción y las amenazas pueden imponer disciplina en el corto plazo. Pero a la larga erosionan la estabilidad global y sobre todo la confianza hacia quienes la realizan. Por eso en este nuevo escenario la legitimidad se convierte en un recurso estratégico central porque la reputación, el respeto también es poder y les aseguro que Chile tiene poder. Queridos amigos, no podemos elegir el momento histórico que nos toca vivir, pero sí como actuar en él. Chile ha decidido actuar con seriedad estratégica ante la incertidumbre.
En vez de bajar la voz por temor, la hemos fortalecido con coherencia y responsabilidad. Chile es y puede seguir siendo un actor respetado que actúe con claridad y con convicción, sin subordinarse a nadie. Este es el desafío del tiempo que viene. Prudencia sin renunciar a la ambición, coaliciones sin perder autonomía, principios sin caer en maximalismos. Mantener un compromiso con la dignidad humana no es un gesto simbólico, es la base ética que da sentido no sólo a nuestra inserción internacional, sino al mismo hecho de estar en política.
Ese es el lugar que Chile ha ocupado estos 4 años y es el compromiso que deja nuestro Gobierno, este periodo de Gobierno para el futuro. Muchísimas gracias.